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En nuestras palabras

Análisis de coyuntura: octubre 2015

coyuntura

El presente documento tiene dos propósitos fundamentales. Por un lado, hacer un análisis de coyuntura en función de los acontecimientos ocurridos en los últimos cuatro meses. No hay duda de que han sido particularmente intensos e impredecibles, sobre todo por el nivel de movilización y conflictividad social que alcanzaron. Luego de ocho años de reflujo, el movimiento social se recuperó y protagonizó la importante movilización del 13 de agosto, aunque dejo entrever límites organizativos y de articulación programática. Por otro lado, el documento apunta a esbozar los posibles escenarios para el período siguiente, teniendo en cuenta que las perspectivas son igualmente inciertas. El país enfrenta varias situaciones inusuales: reactivación de la movilización social, intento de aprobación de las reformas constitucionales, medidas económicas de ajuste para intentar frenar los impactos de un crisis económica cada vez más complicada, amenazas naturales e inicio de la campaña electoral de 2017.

Esta coyuntura tiene como contexto internacional y regional un proceso de  culminación del ciclo de los llamados gobiernos “progresistas” en América Latina, que anuncia el regreso a medidas de corte neoliberal para responder a la crisis económica. Los casos emblemáticos de Brasil –donde al parecer se ha gestado un pacto abierto con la gran empresa trasnacional– y Argentina –donde no solo el kirchnerismo da paso a medidas neoliberales, sino que luego de las últimas elecciones podría ganar la derecha– manifiestan este cambio de ciclo. Simultáneamente se observa un cambio de carácter geopolítico en las relaciones económicas, diplomáticas y políticas entre Estados Unidos y Cuba, que repercutirán en la región, y el inminente proceso de paz en Colombia, donde al parecer el Papa Francisco ha jugado un papel destacado.

ECONOMÍA

Empezar el análisis por el lado de la economía resulta inevitable en la medida en que, por primera vez en los casi nueve años de correísmo, la crisis económica va a definir los escenarios políticos y sociales. El propio gobierno ha admitido la gravedad de la crisis y ha planteado amenazas más complejas, difíciles y prolongadas que las de 2008. Una crisis, debemos dejarlo sentando desde el inicio, que ya comenzó a perfilarse antes de la drástica disminución de los precios del petróleo. Es más, las recientes medidas aplicadas o anunciadas implican un reconocimiento de la inviabilidad de un modelo modernizador tecnocrático capitalista,  de fuerte estatismo, basado en los altos ingresos fiscales, sobre todo petroleros, que le permitieron alentar el consumismo y fortalecer el clientelismo social, el populismo y el liderazgo carismático.

No obstante, pese a ciertas pistas insinuadas por las principales autoridades del gobierno, persiste un ambiente de incertidumbre e improvisación. A la ambigüedad de ciertos anuncios se suman las rectificaciones oficiales, las contradicciones entre altos mandos del régimen y la opacidad en la información. Como nunca antes en la historia del país, hoy es imposible tener un panorama medianamente verosímil sobre la situación económica nacional. Es por eso que algunas iniciativas del gobierno aparecen como palos de ciego: las leyes de herencia y plusvalía, la frustrada imposición del dinero electrónico, la venta precipitada de gasolineras estatales, el tope a la jubilación patronal, los cambios repentinos de ministros, la apurada ley de alianzas públicos-privadas, etc.

Lo que sí percibe la ciudadanía es que existen demasiados indicios preocupantes. El costo de la vida se ha incrementado significativamente, muchos negocios se han visto obligados a cerrar, el desempleo aumenta, la falta de liquidez es cada día más evidente, hay mayores restricciones en el sector público. Y los índices macroeconómicos se deterioran aceleradamente. Se trata, sin lugar a dudas, de señales conocidas y experimentadas en crisis anteriores, pero ahora envueltas en una nube publicitaria que distorsiona la información. Al contrario de lo que ocurría antes, hoy las leyes y el autoritarismo del gobierno impiden el flujo informativo desde diversas fuentes. Todo se vuelve especulación.

Con esta medidas anticrisis el gobierno ha cerrado la unidad del bloque dominante, favoreciendo de manera especial a la banca y a grupos económicos de la burguesía (principalmente monopólica y transnacional, exportadores e importadores), facilitando la obtención de plusvalía y ganancias para sostener la recuperación de la acumulación capitalista afectada por la crisis y la recesión económica. La estrategia se basa en la aplicación de medidas neoliberales y en la decisión de hacer pagar el costo de la crisis a los sectores populares y medios, ya afectados por la restricción al consumo y por el desempleo.

La preocupación ciudadana, en tal contexto, se centra en la real dimensión de la crisis. Es su mayor o menor gravedad. En la precauciones que eventualmente debe tomar al azar, en base a suposiciones. Eso explica, por ejemplo, el enorme retiro de ahorros que se produjo en los últimos seis meses, sobre todo a partir de la imposición de las salvaguardias.

Paralelamente, algunos sectores del oficialismo se interrogan sobre la pertinencia de las políticas neoliberales puestas en marcha. Y no porque dichos sectores conserven algún resto de consecuencia política-ideológica, sino por los efectos concretos que puedan desatar. Lo que está en juego es la legitimidad de la permanencia en el gobierno más que la coherencia del proyecto; un ajuste neoliberal inevitablemente incrementará el descontento de las masas y, por ende, afectará la legitimidad del correísmo.

Si nos atenemos a las declaraciones oficiales, especialmente aquellas formuladas por la ex  ministra Nathalie Cely ­–herencia de los gobiernos neoliberales–, quien a todas luces estuvo encargada de sacar el barco de la tormenta, las políticas de ajuste tenderán a profundizarse en la medida en que la crisis amenace con prolongarse más de lo previsto. Lo acaba de confirmar. La inquietud, entonces, se resume a cuánto neoliberalismo tendrán que dosificarnos durante los próximos meses (o años), sobre qué sectores recaerá el peso de las medidas, qué grupos económicos eventualmente sacarán provecho de la crisis, cuánta represión está dispuesto a aplicar el régimen para controlar el descontento popular. Frente a la crisis se respondería con la misma línea de conducta aplicada por el correísmo durante su segundo período: la hegemonía acorazada de coerción, donde se impondría más bien la coacción antes que el consenso.

POLÍTICA

La relevancia de la crisis económica no implica, necesariamente, una determinación mecánica de la crisis política. Esta última venía perfilándose desde un tiempo atrás, sobre todo después de la derrota de Alianza País en febrero de 2014, cuando se advirtió un evidente declive hegemónico del correísmo y una pérdida de la lealtad al caudillo, principalmente de los sectores medios de la sierra centro, Quito y  Cuenca.  El progresivo incremento de las movilizaciones y protestas sociales reflejó una reacción política más que reivindicativa al modelo correísta autoritario y verticalista, especialmente frente a las leyes de control sobre la sociedad, a la falta de diálogo y a la restricción de derechos. La marcha del 1 de mayo de 2015 resumió la gran multiplicidad de agendas opuestas al gobierno: trabajadores, indígenas, mujeres, artistas, jóvenes, ecologistas, empleados públicos. Y aunque todavía no fue posible alcanzar el punto de confluencia y representación estratégica y articulada de esas múltiples demandas y cuestionamientos, en tanto  proceso de constitución de la voluntad colectiva nacional, es obvio que el régimen acusó recibo de la reacción ciudadana, más aún después de las multitudinarias movilizaciones de agosto del mismo año. A partir de entonces el panorama político se modificó notablemente.

1. Desgaste de Correa y del correísmo

No solo las expresiones cotidianas de la población evidencian un deterioro de la imagen del gobierno y de Rafael Correa; también las últimas encuestas lo corroboran. Sin embargo, hay que  señalar que se trata de un debilitamiento tendencial, no necesariamente abrupto. Es decir que la aceptación del gobierno se mueve entre descensos y repuntes (como el último ocurrido en septiembre), pero siempre con una tendencia general al decrecimiento. Una confirmación de esta situación es la negativa sistemática del oficialismo a aceptar cualquier iniciativa de consulta popular para abordar la cuestión de las reformas constitucionales, para mencionar un tema.

En tales condiciones, mantener la cohesión interna a cualquier precio se ha vuelto la obsesión del correísmo. La simple amenaza de un fracaso electoral provocaría una implosión de consecuencias irreparables. En ese sentido, la insistencia en la aprobación vía Asamblea Nacional de la reelección indefinida tiene propósitos más inmediatos que la perpetuación de Correa en la Presidencia: es la única garantía de un  férreo control interno, hasta que se pueda definir cualquier alternativa electoral. Y cualquier alternativa, en  medio de la inestabilidad e incertidumbre que se vienen, implica un amplio abanico de posibilidades. Inclusive un pacto con la derecha no correísta que corone el proceso de acercamiento operado en los últimos tiempos (con Dahik, con las cámaras de la producción, con Jaime Nebot, con los organismos multilaterales de crédito).

No obstante, el recambio menos riesgosos y traumático para el correísmo sigue siendo Lenin Moreno. Según las encuestas, tiene una imagen ampliamente más positiva que la del mismo Correa.

 2. La derecha deshoja margaritas

La derecha no correísta pule pacientemente sus acuerdos y estrategias, aprovechando las condiciones adversas que enfrenta el gobierno a causa de la crisis. Las exigencias se mantienen a través de las presiones de los sectores empresariales; estas se han vuelvo más duras e inflexibles en la medida en que la crisis se ha tornado más compleja. El punto pendiente parece ser la irreversibilidad del viraje neoliberal. Más que las promesas y actos de contrición de Correa, lo que los apologistas del ajuste estructural persiguen son mecanismos de control para impedir una eventual vuelta atrás una vez capeado el temporal de la crisis. Quieren un viraje estratégico, y a eso se redujeron las negociaciones con la ministra Cely. Más aún, su reciente sustitución por Vinicio Alvarado al frente del Ministerio Coordinador de la Producción confirma esa orientación, así como una clara tendencia a favorecer a grupos empresariales guayaquileños. La venta de activos estatales y la ley de Asociaciones Público-Privadas serían los adelantos de esta nueva relación de poder.

En esta puja, quien sale fortalecido, definitivamente, es Jaime Nebot. No solo por sus antiguos y estrechos vínculos con los sectores empresariales involucrados en las negociaciones con el gobierno, sino por la fuerza electoral que representa. Prácticamente ha obligado a Guillermo Lasso a replegarse (amén de las debilidades propias del banquero como candidato). Al parecer, Nebot logró descolarlo de las negociaciones empresariales y ha obligado a Lasso a asumir una postura aún más radical en favor de la ley de Alianzas Público-Privadas, para poder marcar una distancia aparente frente al gobierno. Pero la estrategia difícilmente le dará réditos, puesto que el acuerdo por debajo de la mesa estaría santificado.

Si Nebot no opta por una candidatura a la Presidencia, al menos asumirá el papel de gran elector de la derecha no correísta. Podemos suponer, de acuerdo con las  últimas declaraciones del alcalde de Guayaquil, que en efecto no optará por la candidatura a la Presidencia. En esa situación, la debilidad de la derecha no correísta, con Lasso como candidato, limitará sensiblemente su capacidad para derrotar a Correa o a otro candidato del correísmo.

3. La centro-izquierda aún es una entelequia

El mayor problema de este sector es la disputa simbólica con el correísmo. La conjunción de una retórica de izquierda, más una publicidad versátil y un pragmatismo que lo ubica en la derecha, han permitido al gobierno copar la mayor parte del espectro político-ideológico del país. El correísmo ha logrado desarrollar un discurso para cada ocasión y circunstancia; para cada audiencia. Prácticamente se ha instalado en el espacio que va desde la derecha moderada hasta la izquierda burocrática, propio de la representación populista, lo cual incluye tanto a la centro-izquierda como a la centro-derecha. En este contexto, la centro-izquierda ha dejado el ámbito electoral y político vacío de expresión. Por lo mismo, no tiene capacidad para captar a los sectores medios que eventualmente han abandonado a Correa y que esperan un referente del centro a la izquierda como alternativa electoral.

La posibilidad del correísmo de contentar a todos, como ha ocurrido hasta ahora, seguramente se eclipse como resultado de la crisis económica. En ese sentido, es posible que se abra un espacio para una centro-izquierda más independiente, pero más por agotamiento del correísmo que por iniciativa propia. En efecto, desde hace varios años no existen referentes claros, atractivos y convincentes desde la centro-izquierda. Por eso la disputa de ese espacio ha permitido la irrupción de expresiones dispares: AVANZA, Paúl Carrasco, Democracia Sí, Fuerza Ecuador (Dalo Bucaram se dio el lujo de calificarse como la socialdemocracia auténtica), la Izquierda Democrática, Paco Moncayo. Tal vez la única coincidencia es que casi todos estos actores tienen raíces más o menos fuertes con la vieja ID (inclusive el roldosismo, a través de figuras como Nicolás Issa Obando o Fernando Larrea). Sin embargo, puede ser un sector decisivo en una derrota del correísmo si en el 2017 se llega a una segunda vuelta electoral.

4. La debilidad electoral de la izquierda

Aunque los últimos dos años los movimientos sociales, los grupos alternativos y las distintas expresiones políticas de la izquierda han experimentado una importante recuperación, esta no se traduce en una fuerza electoral equivalente, entre otros factores porque no ha logrado definir una estrategia común, ni un proceso político organizativo y programático fuerte.  La atomización organizativa y la dispersión de propuestas continúan siendo la tónica. Esto conspira contra la posibilidad de establecer alianzas electorales. Al no tener establecida una agenda al menos para el mediano plazo, es extremadamente difícil lograr acuerdos tanto al interior de la tendencia como hacia afuera. Por ahora parece que terminar con el correísmo es la única consigna en común.

El mayor saldo de las movilizaciones de los últimos meses es simbólico: los movimientos sociales aparecieron como los protagonistas principales. En efecto, los sectores medios y de derecha que plegaron a las marchas no lograron capitalizar la protestas, como era su propósito. Pero al no conectarlas con una estrategia política, tampoco fueron capitalizadas por los sectores de izquierda. Más bien la imagen posterior a la intensas luchas de agosto fue una especie de agotamiento, luego del enorme esfuerzo realizado a partir de la marcha del 19 de marzo. La Asamblea de los Pueblos también entró en estado de hibernación. Por eso no se ha podido disputar con fuerza las medidas para afrontar la crisis.

Por otro lado, la izquierda no ha puesto por delante las reivindicaciones propias como parte de un proyecto autónomo, postura que hoy más que nunca es fundamental para responder a las medidas anticrisis del gobierno. Más bien ha limitado su participación a reforzar la consigna general en contra de las enmiendas, sin ampliarla hacia una agenda estratégica. Por eso el movimiento social se vio obligado a replegarse momentáneamente. Habrá que ver cómo reacciona en las nuevas movilizaciones convocadas por el movimiento indígena y sindical para noviembre de 2015.

Hoy se evidencia aún más la necesidad en la izquierda de construir referentes propios, que le permitan recomponer su autonomía tanto frente al correísmo como a la derecha no correísta. Esto puede significar pugnar por una tercera posición que dé continuidad a las expresiones de descontento popular de los últimos meses. La lucha contra la corrupción puede ser uno de esos referentes. En ese sentido, la Comisión Anti-corrupción es un espacio político fundamental, al margen de los juegos de intereses personales que se den a su interior. Uno de los objetivos para la izquierda sería demostrar que el modelo correísta fue también inviable debido a la corrupción desbordada. Al mismo tiempo debe replantear la agenda de lucha del movimiento social cuestionando el carácter neoliberal y antipopular de las políticas del gobierno para enfrentar la crisis.

El otro punto central es el debate sobre el modelo económico, su crisis y sus salidas. Según las últimas informaciones, la evolución de los indicadores sociales en América Latina ha sido similar en todos los países. Es decir que lo que ha primado es una lógica global de precios de los commodities, que ha sido aprovechada por los gobiernos más allá de su orientación ideológica. No existen diferencias de fondo, sino puro pragmatismo articulado a las demandas del capitalismo mundial. Sin embargo, los gobiernos progresistas aparecen como los más ineficaces frente a la nueva crisis. ¿Por qué? Pues porque el clientelismo, el asistencialismo y el derroche desenfrenado, que han sido convertidos en los nuevos referentes de una supuesta izquierda, resultan incompatibles con un capitalismo transnacionalizado. Para que ese modelo populista funcione se requiere una acumulación interna de capital, sobre todo en el Estado. Pero lo que se ha dado en la región es una transferencia gigantesca de capital hacia las grandes transnacionales. La transición planteada por estos gobiernes se ha orientado hacia la profundización del capitalismo y la exclusión de la participación social, acorde con las lógicas dominantes de la globalización. Jamás se pensó en construir una voluntad colectiva nacional capaz de disputar la hegemonía a las viejas oligarquías.

En ese contexto, la izquierda debe volver a colocar el debate sobre el capitalismo en el centro de la política. Y la gran pregunta que hay que responder es ¿cómo? El anticapitalismo es un principio que  constituye la razón de ser de la izquierda como tendencia universal, pero que tiene que ser precisado en  su aplicación a la realidad concreta. El cómo debe referirse a una propuesta de transición distinta al correísmo, que ponga como aspecto central la creación de condiciones para la descolonización del poder, y un tipo de participación política  y electoral que no hipoteque la autonomía de la izquierda y de los movimientos sociales.

La izquierda debe viabilizar la derrota del correísmo y de la derecha no correísta empujando la articulación de las fuerzas políticas democráticas, tanto de sus propias filas como de la centro-izquierda, a fin de desarrollar una acción organizada y programática desde las bases sociales, que derive en la constitución de una fuerza contra-hegemónica en el proceso de emancipación del sistema capitalista.

Octubre, 2015

Juan Cuvi

Coordinador Nacional

Intercambio de ideas

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