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En nuestras palabras

Rafael Correa debe responder por la violencia minera

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MONTECRISTI VIVE

Indignación y repudio. Las imágenes y noticias de la violencia desatada en la provincia de Morona-Santiago en la Amazonía ecuatoriana provocan eso. La megaminería se impone literalmente a sangre y fuego. Y una vez más esta región de la Patria es tratada como la “periferia de la periferia”, en donde conquista y colonización continúan imparables, en un esfuerzo miserablemente justificado bajo una ilusión desarrollista.

Pero aceptemos que la violencia no solo proviene de las actividades extractivistas per se, ni tampoco de las formas en que se imponen. Por tanto, no se trata simplemente de plantear salidas negociadas buscando equilibrios sociales y ambientales imposibles mientras se permite una profunda destrucción. La megaminería, en particular, provoca verdaderas amputaciones a la Madre Tierra, la Pachamama como se la definió en nuestra Constitución de Montecristi. Sus efectos despedazan los tejidos sociales (especialmente económicos y culturales) de los pobladores de esas tierras: pueblos y nacionalidades indígenas, cuyos derechos están claramente establecidos en dicha Constitución, e incluso a nivel internacional por Naciones Unidas.

La violencia no está solo en disparar un arma o destruir casas o derrocar una iglesia o militarizar un territorio, como sucede en la Amazonía para asentar a las empresas mineras. La violencia no solo es material, es simbólica. La violencia surge cuando poblaciones enteras o individuos aislados son perseguidos, amenazados e incluso criminalizados. Es violenta también la recriminación hecha a quienes se oponen a la destrucción de sus territorios acusándoles de fundamentalistas o de “ancestrales disfrazados”.

Todas estas violencias, desplegadas en nombre de la ley y el orden, cobijadas por el credo del progreso y del “desarrollo”, no son una mera consecuencia de la megaminería o de las actividades petroleras. Estas violencias son condición necesaria para ejecutar tales extractivismos.

La apropiación de minerales amazónicos, según las necesidades de un supuesto “desarrollo”, torna legítimo, a la vista del presidente de la República, el momento de las armas. Un presidente que, por lo demás, ha asumido los intereses chinos como propios y que ha convertido al Estado ecuatoriano en policía de las transnacionales de ese país. ¿No es tal situación en extremo similar a las épocas nefastas de nuestra América Latina? Desde que este gobierno abriera la puerta a la megaminería -algo no alcanzado ni siquiera por los gobiernos neoliberales- las acciones violentas desplegadas desde el Estado para acceder a los recursos minerales han sido permanentes.

Urge detener este saqueo de origen colonial, exacerbado ahora por el hambre voraz de recursos financieros del correísmo, gran aliado de los capitales extractivistas transnacionales de diversas procedencias, empeñados en explotar hasta el último gramo de oro, libra de cobre o barril de petróleo.

Por tanto, rechazamos todas las violencias desatadas, en última instancia, por el gobierno de Rafael Correa empeñado en imponer la megaminería en el Ecuador, sea en la Amazonía, en Quimsacocha, en Intag y tantas otras regiones subastadas al capital minero transnacional. Por igual demandamos la paralización definitiva de todas las actividades extractivistas en el campo petrolero Ishpingo, Tambococha, Tiputini (ITT) en el Yasuní, y en el sur de la Amazonía ecuatoriana.

En consecuencia exigimos también que la próxima Asamblea Nacional, entre sus primeras decisiones, convoque al expresidente Rafael Correa a asumir su responsabilidad por tanta violencia desatada durante su gestión, causante del despojo de su condición humana a las comunidades afectadas por la megaminería y la actividad petrolera, al suprimir sus fuentes de vida. Nadie que haya derramado la sangre de su pueblo en beneficio del capital merece ser aclamado por la historia… 

Diciembre 18, 2016

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