La medalla que monseñor Alberto Luna no recordará

Diario Expreso, 26-06-2011

 

Quienes mejor lo conocen aseguran que no era consciente de lo que ocurrió ese día. Cuando el presidente de la Asamblea Nacional, Fernando Cordero, se inclinó ante su silla de ruedas para colgar de su cuello la medalla Vicente Rocafuerte al mérito social, él lucía ausente y como perdido en sus laberintos interiores. Por un momento, la cinta tricolor y el vistoso disco dorado que pende de ella llamaron su atención. Luego los olvidó y fijó su mirada en el infinito. No escuchó los discursos que las autoridades pronunciaron en su honor ni identificó a las personas que se le acercaron para felicitarle, estrecharle las manos y sacarse la foto con él. No dijo palabra. Monseñor Luis Alberto Luna Tobar (Quito, 1923), el obispo ecuatoriano más importante del fin de siglo, tiene alzhéimer.

“No me reconoció”: para Juan Cuvi, su amigo y colaborador cercano, la experiencia de visitarlo en la Casa Sacerdotal Sagrado Corazón, el asilo para religiosos ancianos donde permanece recluido, fue dolorosa y frustrante. Lo mismo experimentó la persona que, hace un mes, le llevó la que pudo ser para él la más triste de las noticias: la muerte de su mejor amiga, Belén Andrade, que lo acompañó en Cuenca durante todo su obispado y con quien trabó una relación tan estrecha que llegó a considerar a sus nietos como los suyos propios. Luna escuchó la noticia pero no reaccionó.

La vida de quienes padecen esta enfermedad degenerativa, incurable y terminal, transcurre al margen de las experiencias cotidianas. No hay retorno. Por eso, la intención de Fernando Cordero de homenajearlo “en vida” llega tarde. Hace poco más de un año, en enero de 2010, Alberto Luna Tobar aún tenía la lucidez suficiente como para interpretar el país y distanciarse de un gobierno al que le habría gustado apoyar. A Susana Klinkicht, periodista de diario Hoy, concedió una de sus últimas entrevistas. Ahí dijo: “el país esperaba un distinto sistema de gobierno… El presidente se ha defraudado a sí mismo”. ¿Habría aceptado el homenaje del oficialismo en ese momento? ¿Se lo habrían ofrecido?

No parecen plantearse estas preguntas quienes ahora lo llevan al estrado. Ahí están, junto a Cordero, el vicepresidente Lenín Moreno, obispos y arzobispos, asambleístas del movimiento PAIS, funcionarios de gobierno, alcaldes y prefectos, ministros y ministras vistiendo sus mejores galas y componiendo para la ocasión su mejor cara de circunstancia.

El auditorio Benedicto XVI, de la Casa Sacerdotal de Conocoto, presidido por una sencilla y hermosa cruz de madera tallada, está lleno a reventar. Al frente se sientan las autoridades ante las banderas de Ecuador, el Vaticano y la Asamblea Nacional, apenas una tela blanca con el logotipo bordado en medio. El acto empieza en ausencia del homenajeado. Lo introduce un maestro de ceremonias de bien modulada voz que, con sus palabras, marca la pauta y el estilo de todo lo que vendrá luego: “Padre Alberto, taita cura, estamos aquí contigo para decirte gracias por tanto amor que nos has dado”.

Desde el techo se descuelga una pantalla gigante sobre la que se proyecta un vídeo con la semblanza que todos quieren ver: la del hombre de “pensamiento libertario” que hizo “temblar a gobiernos tiránicos”, el que pasó de ser “cura de los ricos” como párroco de la pelucona iglesia de Santa Teresita de Quito, a heredero de Leonidas Proaño en la causa de los desposeídos. La sala estalla en aplausos cuando, en una imagen de archivo de la época en que se oponía a la dolarización, el entonces arzobispo de Cuenca declara: “tenemos un sucre pobre pero nuestro”. Es el monseñor Luna en que todos se reconocen.

No despiertan el mismo entusiasmo otras dos citas notables que constan en el vídeo; una de Belén Andrade: “Monseñor siempre ha defendido el derecho de opinar, de discrepar”; otra del propio Luna: “Lo esencial de la naturaleza del hombre es la libertad, condición supeditada al conocimiento y a la voluntad”.

Luego de que el actual arzobispo de Cuenca, Luis Cabrera, agradeciera al público por su presencia y el secretario de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana leyera el acuerdo ministerial en el que se cataloga al homenajeado como “uno de los mayores exponentes del humanismo latinoamericano”, el maestro de ceremonias anuncia, su “presencia física”. “Como sorpresa”, dice.

Público de pie, gente de puntillas para verlo entrar, miradas que lo buscan en la puerta posterior del auditorio, la que da directamente al escenario, donde ya empiezan a moverse los guardias de la escolta legislativa. Ovación cerrada.

La silla de ruedas de Luna Tobar es conducida directamente al lugar que le tienen reservado, entre el presidente de la Asamblea Nacional y el vicepresidente de la República. Abrazos de ambos funcionarios, que sorprenden pero no incomodan al enfermo. Fernando Cordero le pone la medalla sin ninguna ceremonia y toma y sacude, con las dos manos, la derecha del ex arzobispo. Lenín Moreno le sujeta la izquierda, le acaricia el brazo, le da palmadas en el hombro.

Luna responde a estas muestras de afecto con el gesto de indescriptible dulzura que caracteriza a los enfermos de alzhéimer cuando experimentan el contacto humano. Sonrisas de autosatisfacción iluminan los rostros de ambos funcionarios.

Del exarzobispo de Cuenca nadie espera otra respuesta. El protocolo de las ceremonias oficiales exige, en estos casos, que a la entrega de la medalla siga un discurso de agradecimiento por parte del ungido, así que los organizadores se han permitido delegar a otro para que lo haga por él. Habla Marcos Matamoros, vicario de educación de la Arquidiócesis de Cuenca, con arrebatada inspiración: “nos mostró a Dios -dice- tejido con paja toquilla, ardiendo en la brasa donde se fríe el cuy”, que, por cierto, no se fríe, se asa. Vuelve a hablar el maestro de ceremonias, en el mismo registro, para describir con entusiasmo al ser humano ejemplar, aquel que era “capaz de quitarse los zapatos para calzar al pobre, nuestro obispo, el de los pies descalzos”.

El presidente de la Asamblea dirige su discurso a los ciudadanos del mundo, declara a Luna Tobar “el hombre nuevo”, vocativo hasta ayer reservado para el Che Guevara, y lo llama “Monse”, orgulloso de la confianza con que se permite hacerlo: “así lo llamamos un grupo de amigos”, dice. En realidad, todo Cuenca lo ha llamado de esa manera desde sus años de arzobispado. En esa ciudad, Alberto Luna Tobar continúa siendo “el Monse”.

Termina Cordero su corta intervención, que llevó escrita, y se repite la rutina de estrujones, palmadas cariñosas en el hombro, sobadas de brazo, sacudidas de una mano con ambas manos firmes y apretadas con que él y Lenín Moreno agasajan a Luna.

Del discurso que improvisa a continuación el vicepresidente de la República poco hay para decir, salvo que cita las únicas palabras de Bertolt Brecht, el dramaturgo alemán, que suelen repetir los amantes de Silvio Rodríguez, el cantante cubano: “hay hombres que luchan un día y son buenos…”. “Nadie mejor que usted, taita cura, para encarnar al ser imprescindible del que habla Brecht: el que lucha toda la vida”. Tomándole de la mano le da las gracias “por haber sido usted mismo” y termina con una emocionada exclamación: “usted y monseñor Proaño, ¡qué par!”. Estrujones, palmadas en el hombro, sobadas de brazo, sacudidas de mano con dos manos. Fin.

El público se pone de pie para aplaudir. Cordero y Moreno, con Luna en el medio y sin soltarlo, sin abandonar el escenario, posan para la nube de fotógrafos que se abalanza hacia las primeras filas en busca de su imagen. El coro del Consejo Provincial de Pichincha interpreta el famoso tema de Joan Manuel Serrat sobre un poema de Antonio Machado, “caminante no hay camino”. “Compañeros fotógrafos -llama el maestro de ceremonias-, si quieren hacer esta toma, por favor en orden. Todavía tenemos un par de minutos”. Ahí se quedan las autoridades posando con el obispo, el tiempo que dura la canción.

Juntos salen todos por la puerta de atrás del auditorio, al son del Himno a la Alegría. Afuera, los funcionarios de gobierno y los asambleístas de PAIS se multiplican para atender a los periodistas, que los interrogan en pequeños grupos sobre los temas de coyuntura para el noticiero del mediodía. Irina Cabezas se divierte con un grupo de amigas que están encantadas de conocer a una legisladora: “llévame Irina, llévame a una sesión, por favor -le ruega una de ellas-, en reemplazo de Pepito Pérez aunque sea, llévame”.

Alberto Luna Tobar tuvo la fortuna de no volver a ser visto. Ahí quedó con la medalla Vicente Rocafuerte de la Asamblea Nacional, con su cinta tricolor y sus destellos dorados, mientras los autos oficiales devolvían a los funcionarios a sus rutinas políticas.

 

FUENTE: http://expreso.ec/expreso/plantillas/nota_print.aspx?idArt=2314163&tipo=2

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


5 + 13 =