Presidente, pare esta mala guerra

José Hernández

Diario Expreso, 04-06-2011

ANALISIS

Esta es otra historia anunciada. Porque la obsesión de Rafael Correa contra los medios de comunicación solo podía conducir a lo que está a la vista: una campaña escabrosa y sórdida. Ahora el poder recurre a cualquier mecanismo, no importa cuán ruin resulte, para lastimar y desacreditar al contrincante.  

Esta es otra historia anunciada. Porque la obsesión de Rafael Correa contra los medios de comunicación solo podía conducir a lo que está a la vista: una campaña escabrosa y sórdida. Ahora el poder recurre a cualquier mecanismo, no importa cuán ruin resulte, para lastimar y desacreditar al contrincante.

Nadie de Alianza País aceptará que en la guerra contra los medios estuviera contemplado revivir las prácticas repugnantes del pasado. Pero ahí están. Nadie admitirá que los medios mal llamados públicos estén asumiendo el papel execrable que esos militantes condenaron, con razón, en ciertos grupos hace apenas unos años. Pero ahora son visibles y el presidente, lejos de condenar esas prácticas de comisaría, las justifica. Se ven como parte del ejercicio de libertad de expresión y de la labor de denuncia de los medios gubernamentales. Así de simple, así de alegre. No importa si esas denuncias son montajes. No importa si en su elaboración se quebrantan todas las reglas de ética y deontología que el presidente evoca, cuando lo desea, para atacar a los medios independientes. ¿Eso no se llama doble lenguaje?

Aquí no se trata, entonces, de quién se esfuerza por hacer buen periodismo sino de quién sirve más empalagosamente al poder. ¿Eso incluye –el presidente debiera responder– la indigencia ética de aquellos que montaron el ataque contra los directivos del diario Hoy y El Universo?

Puede que el presidente, como dijo, no tenga nada que ver con esas decisiones. Pero él ha puesto, desde el poder, las tesis que nutren esas prácticas y arman esas conciencias. Albert Camus, que el presidente debió haber leído, reflexionó profundamente sobre ese tema. Esas actitudes resultarían absolutamente inexplicables si sus autores no estuvieran pensando en hacer méritos a los ojos del presidente. Dicho de otra manera, hay una maquinaria de propaganda oficial en marcha, a la cual algunos funcionarios y un súper asesor agencioso suman la mal llamada prensa pública.

Lo cierto es que el oficialismo sepultó, con entierro penoso, una ficción cuidadosamente entretenida por el presidente: que la prensa gubernamental iba a ser la escuela de periodismo que, en su criterio, no es la prensa privada e independiente. Prohibido olvidar.

El balance no puede ser más desolador. Uno: la guerra del poder contra los medios independientes volvió al albañal (que algunos frecuentaron en el pasado). Dos: el régimen no condena (entonces aúpa) esas prácticas. Tres: el periodismo público no existe. Cuatro: para el oficialismo, el buen periodismo no es un asunto de principios y prácticas sino de sumisión y genuflexión. Quinto: el gobierno propone un gran futuro para todos los periodistas que trabajan en sus medios: su inexorable muerte profesional. Porque en ninguna parte, salvo en su imaginario, se considera que periodismo y propaganda sean sinónimos. En ningún lugar, los buenos periodistas hacen parte del engranaje del poder político.

Llegar ahí, tras cuatro años y medio de guerra, no es ni una victoria moral ni un triunfo político. La pregunta para el presidente es: ¿qué sigue? Si su guerra contra la prensa ha conducido hasta la iniquidad cometida y sostenida por sus medios, ¿apoyará que se caiga un poco más? ¿Hasta dónde?

Correa nunca quiso, como dijo, que los medios se profesionalizaran más. Lo dijo al inicio de su gobierno para justificar su intolerancia a la crítica. Pero el país sí necesita una prensa más visionaria y más enchufada con la comunidad. Ese ejercicio es irremediable. El presidente no entiende que él se ha convertido en el obstáculo mayor para que esos medios, en vez de estar defendiéndose de una guerra absurda, se repiensen en función de la contemporaneidad. Esa tarea es eterna.

Correa quiere, según dice, una mejor prensa. Pero no entiende que esos medios para servir mejor al país necesitan independencia financiera. Es inaudito que el presidente crea que se puede hacer mejor periodismo sin plata y sin inversiones. Y que se puede invertir sin pensar en legítimas utilidades para seguir mejorando el oficio. Sólo sus medios pueden despreocuparse de esas supuestas banalidades porque para eso están los cheques del Ministerio de Finanzas.

El presidente no entiende que es imposible perdurar en este oficio mintiendo y engañando, como él dice. No entiende que es absurdo pedir que mejore el oficio (que sí tiene por delante infinidad de retos) mientras él y su gobierno hacen esfuerzos públicos para atentar contra la existencia misma de las empresas periodísticas.

El presidente no entiende que la atención de la prensa no puede estar volcada sobre él, su agenda, sus dichos y hechos. Y tampoco en la bronca sistemática que él administra desde que se instaló en Carondelet.

Claro, no lo entiende porque nada sabe de periodismo profesional. Pero sobre todo porque no comprende el papel de la prensa en una sociedad democrática. En su mundo no hay disidencias posibles; hay obediencias ciegas, disciplina y sobre todo castigos. Él se cree predestinado, en su relación con los medios, a asumir el papel del gran acusador sin darse cuenta de que el mayor poder fáctico que existe es él; porque es el jefe de todo el gobierno que ha sumado todas las instituciones del Estado.

Si el presidente comprendiera que él es el poder y no un ungido, pudiera entender que los medios, todos los medios, son vitales en un país donde hay agendas, problemas, retos que deben ser encarados por fuera de esa guerra insulsa, desgastadora e inútil que sigue promocionando, como si este fuera su programa de vida.

La infamia a la cual han llegado los acuciosos del régimen, milita a favor de que el Ejecutivo pare la guerra. El país, que tantas voluntades y esfuerzos necesita para avanzar, no merece ese nivel de conductas. Ni ese simulacro oficial de debates sobre las responsabilidades de los medios en el país. Los medios sí tienen cuentas pendientes con la sociedad, pero en ninguna sociedad democrática un gobierno determina cómo saldar esas facturas.

FUENTE: http://expreso.ec/ediciones/2011/06/05/nacional/actualidad/presidente-pare-esta-mala-guerra/

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