Todos somos Charlie

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En homenaje a las víctimas de la intolerancia

El atentado contra los caricaturistas del semanario Charlie Hebdo pone a la orden del día un debate indispensable para la democracia: las posturas frente al concepto  de  libertad. No solo de la libertad de expresión, sino de la libertad como aspiración suprema de los seres humanos. Poco a poco han ido demarcándose sectores que optan por darle a la libertad un potencial ilimitado y otros que tienen una noción absolutamente oscurantista de la libertad.

En el caso concreto de la libertad de expresión, los pronunciamientos oscilan entre quienes buscan mantener cierta compostura frente a la conflictividad desatada por la masacre de París, y quienes abogan por ponerle límites de toda índole al humor y a la irreverencia. Límites legales, morales, religiosos, políticos, culturales. No es únicamente el miedo a la risa; es la defensa de una solemnidad que solo conviene a quienes están en el poder. ¡Cuidado con meterse con nosotros!, es la advertencia que hoy se impone desde las autoridades de turno. Sobre todo en el Ecuador. Cuando los personajes públicos están vaciados de ideas y principios, toca cuidar ese cascarón tan vulnerable al humor.

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