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  1. Su artículo, Vigencia de la Constitución de Montecristi La calentura no está en las sábanas, guarda plena coherencia con los respetables principios y criterios ideológicos defendidos y sustentados por usted. Se me ocurre, aunque me resulte desproporcionado a mis capacidades y conocimientos hacerlo, formularle, a manera de alcance, algunos puntos de vista.

    Partamos del Neo constitucionalismo. Esa es, para mí, una categoría jurídica superior a la que llegan, sin contratiempos ni sustos, sociedades con instituciones de larga data que requieren ser fortalecidas, que son gobernadas por líderes a los que no les aqueja la insuficiencia de las leyes o que no requieren someter la Constitución a sus conveniencias e intereses, que se sustentan en la certeza y convicción que tienen los gobernados de que sus derechos y sus libertadas están garantizadas y protegidas y que no son dádivas de personas, grupos o sectores políticos, hábiles en el manejo de las formas, pero, limitados para entender el fondo de los principios y hacerlos prevalentes en beneficio, sobretodo, de los más débiles y vulnerables, sin que ello implique exclusión de nadie. No pocos tratadistas sostienen que el Neo constitucionalismo, mal entendido e indebidamente aplicado, lleva inexorablemente a una dictadura constitucionalizada. En efecto, en sociedades como la nuestra, pronto llegan a fusionarse los conceptos de Estado, Ley y Gobernante, cuyos actos, cobijados por un manto de constitucionalidad y aupados por órganos sumisos, llevan a un autoritarismo y a una concentración de atribuciones, por vía de la ley, que se agrava, aún más, cuando desparecen el control político, la fiscalización y los principios y reglas son interpretadas a conveniencia de la coyuntura política. Por ello, no causará extrañeza que concluido el régimen que nos gobierna hoy, el próximo, cualquiera sea su orientación, pondrá al servicio de sus intereses la misma lógica y caminará por el mismo sendero. Es decir, seguiremos expectando como los gobernantes y sus actos, prevalecen sobre las instituciones, como la ley sucumbe a las conveniencias, como la Constitución es el gran parapeto para maquillar la democracia. Hoy, como que empezamos ya a agotar tan trascendente corriente ideológico constitucional al haber sido desnaturalizada e indebidamente utilizada. Gráficamente resultó para la república, una bomba de tiempo en manos de creaturas. Sin embargo, su esencia no puede desaparecer y para preservar su espíritu se requiere entonces, revisar la carta magna. No puede haber poder sin fiscalización; órganos sin responsabilidades; justicia constitucional arbitraria y justicia ordinaria sometidas; libre, ligera y política interpretación de la Constitución y la Ley, órganos de control, controlados; ficticia Participación Ciudadana; derechos y libertades vulnerados, nada menos que en un Estado de derechos y justicia. Poco importa el presidencialismo o el hiperpresidencialismo si se lo utiliza para servir a la gente; pero, importa demasiado si con él se atropellan dignidades, se confronta y se divide, se clasifica a los ciudadanos en buenos y en malos, se violentan sus derechos fundamentales, se pretende imponer formas únicas de pensar y de actuar, se envilecen las instituciones de la democracia, se manejan como propiedad privada los recursos públicos y se los administra sin responsabilidad ni medida. En fin, el miedo silencia; la arbitrariedad disfrazada de ley, se impone; la libertad yace como objeto inerte, la propaganda subliminal se impone.

    Pacto Social. Igualdad y Libertad. No hay otro instrumento jurídico que recoja en mejor forma la trascendente voluntad popular y la convierta en un gran Pacto, como la Carta Magna. Si el Ecuador se ha dictado veinte constituciones es porque ninguna de ellas ha representado un gran pacto social. Todas han respondido a una visión, a un sistema de ideas de un grupo prevaleciente que ha confundido ganar las elecciones o hacerse del poder, con el irresponsable ejercicio de voluntades o visiones parciales. Urge, entonces, ese gran pacto que aglutine y cohesione nuestras diversidades, que no implica negociar principios ni renunciar tesis, pero, tampoco, y menos, tratar de imponerlas. La clase política española dio una gran lección al mundo, al renunciar a revanchismos, al no excluir a ningún actor político. Todos dieron lecciones de grandeza, Carrillo, González, Suárez, Fraga Iribarne, entre otros. Por qué no pensar en ese gran pacto nacional, única vía para sembrar estabilidad, para generar bienestar, para ejercer soberanía real, respetada y respetable.

    Dos grandes columnas sustentan los sistemas ideológicos, Libertad e Igualdad. Es hora de entender que ni la libertad, ni la igualdad son de uso exclusivo de nadie. Que no son líneas paralelas, sino metas comunes. No hay porque sacrificar una u otra. Los hombres y mujeres somos esencialmente libres y cedemos esa libertad en aras de un bien superior y en la medida que la sentimos protegida y garantizada. No habrá nunca unanimidades, pero si solidas mayorías que sustenten, promuevan y defiendan los grandes principios que seguramente harán desaparecer del escenario a todos aquellos que creen que a los pueblos se los gobierna con temor, con miedo, con imposición. Requerimos un pacto que garantice debidamente nuestras libertades y nuestros derechos, que nos otorgue seguridad interior, exterior, jurídica y social plenas, que sobre todo respete nuestro libre albedrio, nuestra autonomía para decidir que somos, que buscamos, que aspiramos, seres con opinión propia y decisión libre para enfrentar y resolver los problemas y necesidades personales, familiares y de la sociedad que compartimos, en un ambiente de solidaria responsabilidad. Requerimos igualdad, no igualitarismo. Igualdad ante la ley, la justicia y el derecho. Igualdad política para ser actores reales de ese “plebiscito cotidiano” y permanente de hacer y ser Nación. Igualdad económica para producir y para ser remunerados, por nuestro trabajo, en condiciones de dignidad, sin inequidades de género, de ubicación geográfica, de alineamientos partidarios. Igualdad para acceder a un sistema educativo y de salud gratuitos, de calidad, usando la tecnología que prescinda de su procedencia. Igualdad que genere una sociedad deliberante, tolerante. Una sociedad de iguales para defender, como especie humana, la naturaleza. Que proteja el agua, más allá de declararla como un derecho, como una actitud vital para nuestra subsistencia. Que deje de creer que la naturaleza, sus páramos, sus minas, sus recursos son una suerte de lotería que, además, de ser económicamente efímeros, son ambientalmente depredadadores. Si la libertad y la igualdad se acercan, de seguro ese pacto será posible. Sin soñar en imposibles, ni en vanas utopías, debemos construir no el partido, ni la constitución sino el Ecuador de cuando menos los próximos cien años.

    Discúlpeme por restarle su tiempo con estas disquisiciones. Lamentablemente, no las puedo, ni las debo dejar de decir.

    Atentamente.

    Eduardo Cornejo Calderón.

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